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Archivos de Febrero, 2006

Ser anti-fallero no es tan malo (símil culinario)

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Las Fallas es lo que tiene, que o te gustan, o las odias. Como muchas otras cosas en este mundo. Lo interesante es que haya gente como yo, con una importante mirada crítica, que no esté dispuesto a tragarse que las Fallas son divertidas, que las Fallas son chachis, que las Fallas son guays, y todo ese tipo de mindundeces que a fin de cuentas sólo engrandecen a las Fallas y al mundo fallero que las rodea.

¿Por qué tengo que vivir en Valencia, y tienen que gustarme las Fallas? Vamos a ver, es que no lo entiendo. A mí me gustan determinadas cosas de las Fallas, no todo. Así que, ¿qué tiene de malo que no me gusten? Vamos a ver, que no me gusten las Fallas en su conjunto, pero si determinados acontecimientos que rodean las Fallas es algo completamente factible.

Por ejemplo, imaginemos que no hablamos de las Fallas, sino de comida. Fallas, Fallas, Fallas y más Fallas, estoy harto de hablar de Fallas, pero llegadas estas fechas… Bueno volviendo al tema. Imagina que a tí te guste por separado el huevo, el chorizo, el jamón y la ternera, por ejemplo. Si vas a un restaurante y te ponen un plato que tenga huevo, chorizo, jamón y ternera, no tiene por qué gustarte el plato. Porque es posible que todo eso por separado te guste, pero junto no. ¿Y por eso eres menos “de tu pueblo”, donde justamente ese plato es el típico? Pero si tú comes todo eso, pero de otra manera. ¿Qué no serán raros ellos, que son capaces de tragarse semejante revuelto y sin rechistar?

Pues a mí con las Fallas me pasa lo mismo. Me gustan las mascletàs, los castillos, las fallas en sí, el ambiente… pero no me gustan las Fallas en general ni mucho menos el 99% de los falleros en particular. Porque ellos condimentan su plato, las Fallas, con un montón de ingredientes que yo personalmente no pondría jamás en mi plato.

Y luego no me salgas con eso de que “Ah, pero es que el plato es así”. Porque en las Fallas, como en la cocina, nadie tiene la razón absoluta. Y si yo le quitara a las Fallas todas las cosas que me molestan (a saber, y sin propósito de enumerar: los barullos, los tumultos, los atascos, los cortes de calles, los casales elitistas, la “justicia fallera”..), posiblemente para mí las Fallas serían otra época del año más, simplemente.

En fin, esta tarde he recibido un correo electrónico de una redactora de un diario gratuito de reciente estreno y tirada nacional, preguntándome por alguna asociación antifallera. Imagino que para dar otro punto de vista de las Fallas, la fiesta más querida por (casi) todos los valencianos. Y me ha halagado, que alguien haya leído mi blog anti-Fallas y haya comprendido que, como en todas las monedas, hay dos caras. Si sale algo publicado, ya os avisaré.

No querías sopa, pues toma tres tazas…

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Y es que se mascaba la tragedia. El viernes a las 7 de la mañana, cuando cogía el coche para ir al trabajo, una pintada demoníaca me sorprendió frente al portal: “Soy la F. M. de 2006, y vosotros lo veréis”. Para cagarse. Un escalofrío recorrió mi cuerpo. No podía ser verdad. ¡Dios, dios, dios, vive aquí! ¡NOOOOOOOOOOOOOOO!

Y es que, amigüitos del progressive, la F.M. de marras no es ninguna emisora de radio… es la Follonera Mayor. Digo la Fallera Mayor. ¿Qué más da? Pero lo peor estaba por venir. Porque por la tarde, salí con Doña Esposa a dar un voltio… y cuatro mindundis estaban colocando sospechosamente banderitas en la calle. ¡No me jodas! Parado frente a la puerta del coche, con la llave en la mano, me giré cual Grissom, y en un ejercicio propio de cualquier payasete del CSI, me di cuenta de que no podía ser normal que las banderitas descendieran en picado desde el cuarto piso de mi finca. Joder, tío. La has jodido tío. Robert DeNiro no lo hubiera dicho mejor.

Efectiviwonder. A eso de las nueve de la noche, no me dejaron terminar de ver Crossing Jordan. Allí lleragon los politronchos, y cortaron la rúa. Aparecieron cientos de folloneros, y un cámara de TV (de la Junta Central Follonera, supongo). Y cuando la banda comenzó a tocar, me dí cuenta de que la venganza estaba consumada. En la puerta diez reside la que entiendo que es la follonera mayor de mi pueblo. No comments.

Algún día, me vengaré.

Y encima, por si eso fuera poco, hoy me he ido a ver la Exposición del Ninot. En fin. Resignación. Seguiré pataleando desde aquí. Fotos, en mi flickr.

Las Fallas de Valencia

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Este post se lo dedico cariñosamente a Lidia y Edu, que acabarán odiándome. Me lo merezco. Pero no me disgusta D

Si buscas “fallas” en Google, aparecerán cientos de webs, más o menos cutres, más o menos oficiales. Pero la mía no estará. No obstante, querido lector, busca “anti fallas”… Eeeeeeeeepa. Mira quién aparece el primero. ¿Significa eso que soy el anti-fallero mayor del reino? Carallo, que honor. Pues hombre, eso está bien. En realidad, como he oído hoy en la tele “comer spaghettis no engordan: engorda el que los come”. Así que aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, voy a tratar de hacer un post en el que al menos aparezcan un montón de enlaces a mi página con el titulo del enlace “anti fallas”, todos ellos apuntando a la palabra fallas. A ver si haciendo esto durante varios días en distintos posts dedicados a tan maquiavélica manifestación cultural, consigo colocarme en la primera página del google. Lo perpetraré tal que así. Con nocturnidad y alevosía. Dejando patente mi peculiar visión de las Fallas. Es como auto-hacerse un googlebombing pero al estilo de Juan Palomo. Y si no funciona, al menos me divierto.

Y es que, queridos lectores, las Fallas son una fiesta en la que, además de las Fallas propiamente dichas, esos monumentos que los guiris fotografian como si les fuera la vida en ello, pagando incluso para entrar y ver por dentro las Fallas y que los falleros, es decir, los curiosos moradores de las Fallas, a cuyos cubiles draconianos llaman casales , amortizan durante todo el año a base de venta de loterías y cenas de sobaquillo, aprovechan para adueñarse vilmente de las calles de toda una Comunidad en connivencia con las policías locales de turno.

Durante los días en que duran las Fallas, es imposible aparcar en la calle: los miembros de las Fallas toman las calles con sus casales y montan espectáculos para que los niños y mayores que pertenecen a las comisiones de las Fallas disfruten mientras los niños de los vecinos que no pertenecen a las Fallas porque sus padres no pueden gastarse la cantidad de pasta que supone el ser miembro de una comisión de Fallas y mucho menos comprarse los disfraces folclóricos que lucen en los distintos actos de las Fallas, se quedan mirando desde fuera de las vallas que acotan el territorio comanche de las Fallas. Las Fallas al fin y al cabo, no son más que una fiesta popular, convertida en elitista para que la máxima representante de las Fallas, es decir la Fallera Mayor, y el alcalde de turno de Valencia, la ciudad donde se celebran las Fallas por excelencia (amén de otros muchos pueblos que también tienen Fallas, se luzcan. Son una excusa, las Fallas, nunca pierdas de vista de qué estamos hablando, para durante una semana entera, la semana de Fallas, que va desde el 15 de marzo en que se plantan las Fallas, hasta el 19 de marzo en que se queman las Fallas, realizar todo tipo de excesos y tropelías diurnas y nocturas para con los pobres trabajadores que no pueden disfrutar de las Fallas, bien porque se levantan muy temprano, o bien porque consideran que las Fallas son para que las disfruten los falleros, y ellos prefieren pasar el mal trago de las Fallas currando, y luego coger cualquier otra semana del año que no sea de la susodicha de las Fallas de vacaciones.

Y es que durante las Fallas, en Valencia y alrededores la delincuencia aumenta, puesto que se trata de un flujo pendular. El buen tiempo que suele reinar en la semana de Fallas hace que vagos y maleantes de todas partes de España vengan a estas apacibles y soleadas tierras para disfrutar de las Fallas a su manera: apropiándose de lo ajeno.

Normal, en época de Fallas, la policía se encuentra desbordada de actos oficiales y vigilancia del orden público, en palabras mayores. Pensad por ejemplo lo que podría suponer un atentado en plenas Fallas. Es preferible velar por la seguridad de los ciudadanos en conjunto que de los ciudadanos en particular, que pretenden disfrutar de las Fallas con esos parásitos mocosos que tienen por hijos creando atascos alrededor de las vallas que rodean las Fallas porque quieren ir a ver las mascletàs de la plaza del Ayuntamiento, que sólo suceden en Fallas, claro está. Es evidente que entre Fallas y Fallas hay que hacer algún descanso para tomar un chocolate con buñuelos de calabaza, o una liviana ración de paella, tan típica de las Fallas, en alguno de los cientos de bares que durante las Fallas abren en horario ininterrumpido (y bien que hacen, que las Fallas son las Fallas y sólo pasan una vez al año). Pero a la hora de la mascletà, no hay Fallas que valgan: todos como borregos a la plaza del Ayuntamiento. Que vamos a ver, a mí me gustan las Fallas, y las mascletàs de las Fallas, y los castillos de fuegos artificiales que durante unos días hacen en el viejo cauce del río por culpa de las Fallas.

Lo que a mí me disgusta en realidad de las Fallas es que los falleros aprovechan las Fallas para tomarse la justicia por su mano, montar verbenas de Fallas hasta las tantas de la madrugada, cerrar calles impidiendo incluso que los propietarios de sus garajes saquen sus coches, cortando arterias principales de circulación para que en los distintos actos de Fallas, los falleros luzcan sus trajes de Fallas de 1000 euros para que otros miembros de Fallas y algunos locutores de televisión que viven todo el año de cerca el mundo de las Fallas les aplaudan. Sólo hay un acto que particularmente me parece precioso en Fallas. Se trata de un homenaje a la Virgen de los Desamparados, la Geperudeta. En ese acto, cientos de comisiones de Fallas, Fallas y más Fallas de todas partes sufren en silencio, como las hemorroides, las seis o siete horas de tortuosa caminata con sus trajes típicos para entregar su ramo a la Patrona de la Ciudad, y hacer un magnífico manto de flores que es conocido internacionalmente, por realizarse sólo aquí, sólo en Fallas y sólo poder participar en dicho acto, cómo no, quienes han pagado sus impuestos a las comisiones de las Fallas, es decir, los falleros.

En fin, este año pienso yo también vivir las Fallas, con mi cámara en mano. Para mostraros aquí todas las tropelías que vea en la calle, porque las Fallas, a fin de cuentas, son eso, Fallas. Y el día 19 por la noche, las Fallas se convierten en ceniza, y el caos de las Fallas vuelve a ser normalidad. Y la normalidad, aunque no lo parezca, para quien tiene que currar, se agradece.

¡¡Arriba las Fallas!! ¡¡ Ole !!

Maldito parné…

Reconstrucción de los hechos

Pues como en la copla, pero sin que llegue la sangre al río. Una de las discusiones más frecuentes entre las parejas viene siempre motivada por el dinero. Y quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra. Dinero y confianza son dos conceptos que en el diccionario no son sinónimos, ni mucho menos. Pongamos un ejemplo. Yo tengo un amigo que tiene un amigo… que mi amigo resulta que saca por ejemplo 40 euros del cajero. Y tiene que gastarlos. ¿En qué cosas? Bueno, mi amigo no es derrochador -algún que otro café no es pecado- así que gasta el dinero en las cosas que es necesario comprar, o en las que su mujer le indica que gaste el dinero. De repente, días después, cuando mi amigo se ha gastado el dinero en lo que debe, euro arriba, euro abajo, su mujer de repente le pregunta “¿En qué te has gastado los 40 euros?”.

Pregunta fatal, porque mi amigo resulta que, como ya he dicho, es un chico responsable, y no va apuntando en un libro de balances el debe y el haber de su poco abultada cartera. Pero no es la primera vez que su mujer lo pregunta. Desde que se conocen, ha sido así -y la cosa no tiene visos de cambiar. Y de repente mi amigo se siente otra vez más contra las cuerdas. Sí, porque aunque haya gastado todo el dinero, hasta el último céntimo, en las cosas que su mujer le ha dicho, no retiene el concepto en el que lo ha gastado… porque no hay necesidad. Si se fuera de putas o se gastara el dinero en cervezotas, pues igual… pero no es el caso. Simplemente, llega a casa y le dice a su mujer “Cielo, me he gastado tanto”, o “Cuchi cuchi, he comprado nosequé”… nada más… y luego se olvida. Y claro, luego hay bronca.

¿Memoria de grillo? -diréis. Pues va a ser que no. Porque después de decirse de qué se tiene que morir cada uno, resulta que mi amigo coge la calculadora y empieza a hacer un ejercicio mental de en qué ha invertido su dinero durante los últimos días. Vaya por dios… ¡¡pero si todo cuadra!! Entonces, se dirige a su mujer y le dice “Mira, lista: me he gastao tanto en esto, tanto en aquello, tanto en lo de más allá… aquí tienes en qué me he gastado el dinero”.

Pero la mujer, ejemplar curioso donde las haya, lejos de reconocer que han metido la pata hasta el garrón, henchida de orgullo, le recrimina a mi amigo “que hace diez minutos no sabías en qué te lo habías gastado” y que “tienes que saber en qué te gastas hasta la última peseta”. Vaya por dios. Y se queda tan ancha.

Sólo haré un comentario machista, retrógrado e insultante para defender la pateada dignidad de mi amigo -pero como es mi blog, pues lo hago… Como le dijo el llauraor al burro: “Qui no et conega, que et compre”. Dixit.

Cirujía linuxera

Tux, cirujano

Después de tirarme toda la tarde estirando una y otra vez de mi despoblada cabellera, intentando instalar un puñetero programa de grabación de medios en Windows que a, no me petara el sistema; b, no me destrozara inútilmente el CD/DVD que intentara grabar; c, que no tuviera algún tipo de limitación de uso que impidiera hacerlo correr; he llegado a la conclusión de que la tarde sólo se salvaba abriendo una sesión en Linux. Y efectivamente, así ha sido. De la mano del fabuloso programita KB3, he copiado todo el contenido que necesitaba en sus respectivos CDs liberando el espacio de mi maltrecho disco. Y apenas he tardado ¿una hora? en copiar 6 CD. Cada vez que tengo algo gordo, estoy recurriendo a iniciar sesión en Linux. ¿Por qué será? Va a llegar el día en que tenga que plantearme seriamente mandar a tomar por donde amargan los pepinos a las ventanitas y pasarme a Linux. Eso, o montar un Windows simplemente con Dreamweaver y Photoshop, y a correr; y meter lo demás en Linux. Estoy negro, negro…

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