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Este post se lo dedico cariñosamente a Lidia y Edu, que acabarán odiándome. Me lo merezco. Pero no me disgusta
Si buscas “fallas” en Google, aparecerán cientos de webs, más o menos cutres, más o menos oficiales. Pero la mía no estará. No obstante, querido lector, busca “anti fallas”… Eeeeeeeeepa. Mira quién aparece el primero. ¿Significa eso que soy el anti-fallero mayor del reino? Carallo, que honor. Pues hombre, eso está bien. En realidad, como he oído hoy en la tele “comer spaghettis no engordan: engorda el que los come”. Así que aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, voy a tratar de hacer un post en el que al menos aparezcan un montón de enlaces a mi página con el titulo del enlace “anti fallas”, todos ellos apuntando a la palabra fallas. A ver si haciendo esto durante varios días en distintos posts dedicados a tan maquiavélica manifestación cultural, consigo colocarme en la primera página del google. Lo perpetraré tal que así. Con nocturnidad y alevosía. Dejando patente mi peculiar visión de las Fallas. Es como auto-hacerse un googlebombing pero al estilo de Juan Palomo. Y si no funciona, al menos me divierto.
Y es que, queridos lectores, las Fallas son una fiesta en la que, además de las Fallas propiamente dichas, esos monumentos que los guiris fotografian como si les fuera la vida en ello, pagando incluso para entrar y ver por dentro las Fallas y que los falleros, es decir, los curiosos moradores de las Fallas, a cuyos cubiles draconianos llaman casales , amortizan durante todo el año a base de venta de loterías y cenas de sobaquillo, aprovechan para adueñarse vilmente de las calles de toda una Comunidad en connivencia con las policías locales de turno.
Durante los días en que duran las Fallas, es imposible aparcar en la calle: los miembros de las Fallas toman las calles con sus casales y montan espectáculos para que los niños y mayores que pertenecen a las comisiones de las Fallas disfruten mientras los niños de los vecinos que no pertenecen a las Fallas porque sus padres no pueden gastarse la cantidad de pasta que supone el ser miembro de una comisión de Fallas y mucho menos comprarse los disfraces folclóricos que lucen en los distintos actos de las Fallas, se quedan mirando desde fuera de las vallas que acotan el territorio comanche de las Fallas. Las Fallas al fin y al cabo, no son más que una fiesta popular, convertida en elitista para que la máxima representante de las Fallas, es decir la Fallera Mayor, y el alcalde de turno de Valencia, la ciudad donde se celebran las Fallas por excelencia (amén de otros muchos pueblos que también tienen Fallas, se luzcan. Son una excusa, las Fallas, nunca pierdas de vista de qué estamos hablando, para durante una semana entera, la semana de Fallas, que va desde el 15 de marzo en que se plantan las Fallas, hasta el 19 de marzo en que se queman las Fallas, realizar todo tipo de excesos y tropelías diurnas y nocturas para con los pobres trabajadores que no pueden disfrutar de las Fallas, bien porque se levantan muy temprano, o bien porque consideran que las Fallas son para que las disfruten los falleros, y ellos prefieren pasar el mal trago de las Fallas currando, y luego coger cualquier otra semana del año que no sea de la susodicha de las Fallas de vacaciones.
Y es que durante las Fallas, en Valencia y alrededores la delincuencia aumenta, puesto que se trata de un flujo pendular. El buen tiempo que suele reinar en la semana de Fallas hace que vagos y maleantes de todas partes de España vengan a estas apacibles y soleadas tierras para disfrutar de las Fallas a su manera: apropiándose de lo ajeno.
Normal, en época de Fallas, la policía se encuentra desbordada de actos oficiales y vigilancia del orden público, en palabras mayores. Pensad por ejemplo lo que podría suponer un atentado en plenas Fallas. Es preferible velar por la seguridad de los ciudadanos en conjunto que de los ciudadanos en particular, que pretenden disfrutar de las Fallas con esos parásitos mocosos que tienen por hijos creando atascos alrededor de las vallas que rodean las Fallas porque quieren ir a ver las mascletàs de la plaza del Ayuntamiento, que sólo suceden en Fallas, claro está. Es evidente que entre Fallas y Fallas hay que hacer algún descanso para tomar un chocolate con buñuelos de calabaza, o una liviana ración de paella, tan típica de las Fallas, en alguno de los cientos de bares que durante las Fallas abren en horario ininterrumpido (y bien que hacen, que las Fallas son las Fallas y sólo pasan una vez al año). Pero a la hora de la mascletà, no hay Fallas que valgan: todos como borregos a la plaza del Ayuntamiento. Que vamos a ver, a mí me gustan las Fallas, y las mascletàs de las Fallas, y los castillos de fuegos artificiales que durante unos días hacen en el viejo cauce del río por culpa de las Fallas.
Lo que a mí me disgusta en realidad de las Fallas es que los falleros aprovechan las Fallas para tomarse la justicia por su mano, montar verbenas de Fallas hasta las tantas de la madrugada, cerrar calles impidiendo incluso que los propietarios de sus garajes saquen sus coches, cortando arterias principales de circulación para que en los distintos actos de Fallas, los falleros luzcan sus trajes de Fallas de 1000 euros para que otros miembros de Fallas y algunos locutores de televisión que viven todo el año de cerca el mundo de las Fallas les aplaudan. Sólo hay un acto que particularmente me parece precioso en Fallas. Se trata de un homenaje a la Virgen de los Desamparados, la Geperudeta. En ese acto, cientos de comisiones de Fallas, Fallas y más Fallas de todas partes sufren en silencio, como las hemorroides, las seis o siete horas de tortuosa caminata con sus trajes típicos para entregar su ramo a la Patrona de la Ciudad, y hacer un magnífico manto de flores que es conocido internacionalmente, por realizarse sólo aquí, sólo en Fallas y sólo poder participar en dicho acto, cómo no, quienes han pagado sus impuestos a las comisiones de las Fallas, es decir, los falleros.
En fin, este año pienso yo también vivir las Fallas, con mi cámara en mano. Para mostraros aquí todas las tropelías que vea en la calle, porque las Fallas, a fin de cuentas, son eso, Fallas. Y el día 19 por la noche, las Fallas se convierten en ceniza, y el caos de las Fallas vuelve a ser normalidad. Y la normalidad, aunque no lo parezca, para quien tiene que currar, se agradece.
¡¡Arriba las Fallas!! ¡¡ Ole !!